The super

Sintonizar los canales de una televisión nueva, desatascar el fregadero, y olvidar las llaves en casa. Estas son, y en este orden, mis peores pesadillas domésticas. Por suerte, desde que vivo en EEUU me despierto de todas ellas gracias a una figura mágica que en mi móvil aparece desde el día cero, y de manera premonitoria, como “Víctor Salvador”.

“Si no hay nadie en casa, puedes llamar a Víctor, el hombre que vive en el sótano”. Esa fue la primera vez que oí hablar de él. Lo cierto es que en ese momento no entendí nada. ¿Iba a mudarme a una casa donde tenían a un pobre hombre viviendo en el sótano?

Más tarde recordé que los sótanos (basements) en Washington se anuncian por más de 1.000 dólares, son un apartamento más del edificio y para mucha gente representan la única opción asequible para vivir solos en la capital de EEUU.

Al ver que mis compañeras de piso hablaban de Víctor como si fuera uno más de la familia, yo pensé que era un vecino de nuestra edad con el que habían congeniado. Sin embargo, el famoso Víctor resultó ser un hombre unos cincuenta años (adivinar la edad del varón latino es una empresa complicada porque siempre aparentan menos), pelo canoso, y modesta estatura que nos ayudaba no por amistad sino porque ese es precisamente su trabajo.

Víctor es el “super” del edificio. Nos conoce a todos, tiene nuestras llaves, y es el único que posee la escatológica estadística de qué vecino atasca más veces su retrete.

Víctor es la única esperanza cuando el cuarto de baño se convierte en piscina y ni siquiera ponerse las botas de la lluvia con el camisón y atreverse con el desatascador ha servido de nada.

Las cinco campanas que flanquean su puerta son la única luz cuando descubres que olvidaste las llaves en otro bolso, tienes cinco bolsas de la compra a los pies, y es jueves por la noche, así que tus roomies no aparecerán por casa en las próximas tres horas.

Gracias a Víctor, mi televisión prestada pudo llegar sana y salva a su nuevo hogar, descubrí que teníamos un reproductor de DVD durmiendo en un armario, subí desproporcionadas maletas por las escaleras sin daños aparentes, y logré alquilar nuestro parking space sin tener ni la más remota idea de dónde estaba.

Ninguna relación es perfecta, así que el “super” a veces nos desespera porque nos promete cosas que no cumple (“subo y lo arreglo enseguida”), no contesta a nuestras insistentes llamadas, o empieza a relatarnos la guerra de El Salvador cuando hemos quedado y ya llegamos un cuarto de hora tarde.

Con todo, Víctor ya me ha salvado la vida en casi una decena de ocasiones en menos de cinco meses. Sólo por eso, le perdono que cada vez que me vea me repita aquello de “la revolución siempre es para mejor” como si no me lo hubiera dicho antes ya en mil cien ocasiones.

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El enemigo número uno

El 11 de septiembre de 2001 yo tenía 13 años y vi caer las Torres Gemelas en el televisor pequeño del cuarto de jugar de mi hermana. Diez años después, la muerte del arquitecto de la operación  me sorprendió bailando con The Strokes en un estado vecino a Washington.
Volvía a la capital agotada, con todo el peso de una jornada 100% americana en mis espaldas. El olor a McDonalds que inundaba nuestro gigantesco coche de ocho plazas era toda una metáfora de lo que había sido el día: carretera, campo, rock, baby carrots, dips, y más yanquis (no todos los estadounidenses lo son, aunque todos los yanquis sí son estadounidenses) por metro cuadrado de los que mi estómago europeo puede digerir.
Cuando interrumpí a The Strokes para decirle a una amiga: “este es el día más gringo de mi vida” no sabía todavía que en menos de dos horas llegaría a un Washington eufórico, que no vivía una concentración pública de tanta envergadura desde que en 2008 el primer presidente negro llegara al 1600 de la Avenida Pensilvania.
Los estadounidenses, que después de una década de infructuosa búsqueda habían perdido toda esperanza de dar con Bin Laden, recibieron la noticia con un júbilo exacerbado. El país entero cumplió anoche sus más oscuros sueños de venganza tras aquel 11 de septiembre que cambió para siempre la política exterior de EEUU, las relaciones internacionales, y hasta la propia guerra.
En una operación de precisión quirúrgica y maneras dignas de Hollywood,  el elitista “Team 6” de los Navy Seals de EEUU necesitó tan sólo 40 minutos para acabar con el hombre que puso rostro a un nuevo tipo de terrorismo internacional y obligó a dar palos de ciego al país más poderoso del mundo durante toda una década.

Portada del Washington Post, lunes 2 de mayo 2011

Para los más veteranos de la capital, ayer se cerró un ciclo: aquel en el que EEUU persiguió desesperadamente a un fantasma dejando a su paso violencia, sangre, radicalismo, miedo, odio, y ansias de venganza.
Pese al triunfalismo imperante y al rotundo apoyo de la opinión pública estadounidense al asesinato del terrorista,  hoy han comenzado a oírse, aunque tímidas, las primeras voces críticas que exigen el fin de las guerras de Irak y Afganistán y cuestionan que el país y el mundo sean más seguros tras la muerte de Bin Laden.
EEUU, temeroso de las represalias tras descabezar a Al Qaeda, ha reforzado la seguridad tanto dentro como fuera de sus fronteras. Los miles de extranjeros que viven en la capital, ajenos a la euforia de los locales y atónitos ante su dimensión, se preguntan si lo que ocurrió anoche es realmente una buena noticia y, de ser así, para quién lo es.
Los analistas coinciden en que la cabeza de Bin Laden catapultará a Obama en la carrera a la reelección. El demócrata que llegó a la Casa Blanca para poner fin a una abominable era de unilateratelismo de EEUU concluyó ayer su victorioso discurso con un “podemos hacer lo que queramos”.
El premio Nobel de la Paz cumplió anoche el deseo que obsesionó a su predecesor, George Bush, desde 2001: acabar con Bin Laden. Lo que no está tan claro es si la operación de ayer acabó con algo más. El miedo y las amenazas siguen ahí, mientras se abre la veda para las teorías conspirativas, las sospechas, y las mentiras.
EEUU no ha decidido todavía si publicará las fotografías que prueban la muerte del terrorista, y que ya tienen toda una legión reclamándolas, algo que no sorprende en un país en el que hasta el propio presidente tiene que difundir su certificado de nacimiento para calmar a las fieras.

El día después en la puerta de la Casa Blanca

El entierro de Bin Laden en el mar es otro de los asuntos que prometen traer cola en los días siguientes,  ya que la ley islámica sólo permite esta práctica si el fallecido ha muerto en un barco y es imposible llevarlo a tierra firme antes de que transcurran 24 horas, el tiempo máximo permitido por la Sharia para dar sepultura al cadáver.
EEUU optó por este tipo de entierro para evitar que la tumba de Bin Laden se convirtiera en lugar de peregrinaje y porque ningún país parecía querer recibir los restos mortales del terrorista más buscado.
Mientras tanto, Hollywood ya se frota las manos con la versión cinematográfica de esta gesta. Esto es América, y el show debe continuar.

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Amiga

-Cris, ¿te puedo poner como contacto de emergencia en mi médico?

-Claro.

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El mundo en 109 kilómetros cuadrados

A quien quiera echarme a los leones por mi ausencia del blog, le invito a que abra el periódico. De seguir  este ritmo, el 2011 pasara a la historia como una sucesión frenética de crisis apocalípticas e irresueltas. Y sí,  en Washington no hemos vivido una sola de estas convulsiones, las hemos vivido todas.

Quien todavía no se crea que el mundo tiene una capital, debería pasar un tiempo en esta ciudad. Cuando me preguntaban por qué quería venir a Washington, nunca supe cómo responder. Me parecía demasiado obvio. Soy periodista y necesito entender cómo funciona el mundo.

Y a eso me dedico en esta bonita ciudad que, en tan sólo 109 kilómetros cuadrados, concentra decisiones, organismos, preocupaciones, lenguas, gastronomía y conflictos de todo el mundo.

La Casa Blanca en la mañana de Saint Patrick

Al periodista internacional en Washington se le supone una vista de 360 grados. Aquí no se cuenta sólo EEUU al mundo, aquí se cuenta el mundo. En un mismo día uno puede haber escrito sobre las sanciones de EEUU a Libia para desgastar a Gaddafi, sobre la mayor operación contra el narcotráfico en la frontera con México, y sobre la violencia sistemática que ejerce Chile contra los niños mapuches.

En cuestión de segundos, como manda el oficio, uno debe enterarse de en qué consiste la consulta popular de Correa que denuncia la oposición ecuatoriana,  por qué la luna se verá más grande que nunca en 18 años, y qué relación tiene el cáncer de tiroides con los jóvenes y la catástrofe de Chernóbil.

Pero la experiencia internacional no se limita al trabajo en la delegación. Vivir en Washington te pone los pies en el mundo. Cuando aterrizas en Dulles se caen todos los carteles rojiblancos que delimitan tu mirada y tus preocupaciones. De repente cambiar de idioma hasta cuatro veces al día no es excepción sino norma, y tu concepción del mundo se descentraliza.

Lo mejor de todo es que este proceso transcurre de manera natural. Y a tan sólo tres meses de llegar ya eres inmune a la emoción que debería sacudirte cada una de las dos veces que, como mínimo, pasas cada día por delante de la Casa Blanca.  Kilómetro cero.

A veces pienso si el proceso inverso, el de volver a colocar los carteles rojiblancos y enfocar tu mirada a un área delimitada será tan sencillo como lo ha sido lo opuesto. La duda no dura demasiado, el tiempo que tardo en recordar esa frase que una buena amiga periodista me dijo antes de subirme al avión: “alguien tiene que contar lo que pasa en Cuenca“.

Y a nosotras nada nos gusta más que eso. Esto. Contar.

 

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New York (I)

Dice Enric González que para lidiar con la áspera vida neoyorquina uno tiene que estar en buena forma anímica. Después de mi primera avanzadilla en la ciudad, tengo que decir que no se me antoja ni tan incómoda, ni tan inabarcable. Eso sí, a Nueva York uno tiene que ir con los cordones bien atados y la mente fría, porque la mitificada dama golpea, y lo hace con fuerza.

Nunca olvidaré la cara de mi compañera de asiento argentina cuando vio por primera vez el skyline de Nueva York al anochecer. Yo creía que exageraba, pero comprobé que su reacción era incluso tímida al girar la cabeza para contemplar una de las escenas más imponentes de la ciudad. Un recibimiento digno de su fama.

Es curioso que las dos estampas que más me impresionaron de la ciudad fueran nocturnas, lejanas, teatrales. Como si prefiriera mirar a la soberbia dama desde su cima, como si sólo en lo alto de sus rascacielos pudiera comprenderla como un todo habitable y no como una gigantesca parcela que acoge cientos de lugares icónicos e iconexos, en medio de los cuales un grupo numeroso de valientes han decidido intentar hacer una vida más o menos normal.

Nueva York, desde el terrado del Rockefeller

Con los pies en el suelo uno se siente minúsculo e insignificante en Nueva York. La mirada no tiene horizontes donde perderse, y las porciones de cielo están limitadas por edificios eternos. Tan difícil como encontrar perspectiva es cruzarse miradas, sonrisas, o algún otro guiño de humanidad en medio de una masa de individuos a los que no lograrías importarles ni aunque te disfrazaras de gallina y bailaras el aserejé.

Nueva York no defrauda. Sus luces, sus vistas, su vertiginosa arquitectura superan con creces cualquier fotograma que uno tenga almacenado en la memoria. Pero en este afán por complacer las expectativas del visitante, la gran dama le muestra su cara más frívola, su lado más gélido, su impávido gesto de desdén.

Tres días en la gran ciudad, aunque sea bajo la tutela de una guía de ojos muy abiertos, no bastan para dictar sentencia sobre un ente con tantas aristas como Nueva York. Por eso voy a volver, para comprobar si en nuestra segunda cita la dama se quita el abrigo para sentarse a la mesa.  Para descubrir si lleva algo debajo de esa capa que la hace tan atractiva como temible.

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Laundry

La lavandería del barrio está situada estratégicamente enfrente del supermercado, de manera pocos vecinos escapamos a ese inevitable dos por uno, perfecto para las primeras horas de las tardes de domingo.

Los más hiperactivos dejan la ropa en la lavadora y,  mientras ésta da vueltas en una espiral infinita, hacen la compra semanal. Este grupo de impacientes suele llevarse las prendas mojadas para secar en casa, así que su operación maruja puede resolverse en menos de una hora.

Yo soy un animal de costumbres cambiantes, así que he abandonado el supermercado vecino de la lavandería por otro menos yankee que, al estar más cerca del barrio latino del DC, tiene la colección completa de la bendita marca Goya, hacedora de mis lentejas y garbanzos, y de una extensa serie de productos hispanos.

Por lo tanto, mis tardes de laundry se consagran al milagro del detergente y el suavizante. La lavandería, para quien no esté familiarizado con este tipo de negocio, consta de una hilera de lavadoras industriales, que miran a un ejército de secadoras igual de gigantes.

Así secaba, así, así.

Para no llevarse sorpresas cuando uno ya está en la puerta de la laundry con un cargamento de ropa sucia, lo mejor es comprobar antes de sacar los trapos a pasear que llevas el kit básico: carrito, detergente, suavizante, quarters (sólo funciona con esta moneda) , un libro, y música.

En el caso de que olvides la parte más imprescindible del kit, adivinad a quien le pasó, tampoco hay que dramatizar porque la encargada del lugar suele tener la amabilidad de apartar los ojos de Univisión y darte cambio para comprar en la máquina expendedora una mini dosis de quitamanchas. En estos casos ayuda mucho hablar español, caes mejor.

Durante los 45 min que suele durar la colada, uno tiene que espabilarse y buscar el mejor sofá, donde puede elegir entre la lectura, el cotilleo con la encargada, o la más filantrópica observación del heterogéneo público de la laundry.

El siguiente paso, si no quieres que tu  casa parezca un mercadillo con toda la ropa colgando por los radiadores, es poner la secadora,  y en esto conviene no ser tacaño si uno quiere que la espera sirva de algo.

Media hora después, llega la hora de demostrar que se es el más hacendoso de la manzana y doblar la ropa con esmero, prenda a prenda.

¿Quedamos para hacer la colada?

Dada la buena acogida que tuvieron “las tardes de lectura en la lavandería”, pretendía escribir un post “in situ” y contaros cómo se pasan las horas que lleva transportar la ropa sucia dos calles más abajo y volver a casa con ella limpia, seca, y sin arrugas.

Sin embargo, tengo una buena amiga que no puede “permitir que vaya a las siete de la tarde a la lavandería”, por lo que abortó mi misión al invitarme a un plan irrechazable: hacer la colada en su casa (tiene lavadora y secadora) mientras cenábamos y nos saltábamos cualquier norma horaria “gringa” en mitad de la semana.

Convertir también la colada en un acto social me pareció un gran descubrimiento, así que a mi vuelta a España importaré esta agradable costumbre que, por otra parte, no puede ser más girly.

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Aprender a decir que sí

Hace días que quiero escribir un nuevo texto en el blog. Pero lo que pretendo contar no es fácil de titular, y menos aún de hilar en una estructura de párrafo-idea. Intentar explicar que uno es feliz es mucho menos agradecido que lo contrario. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, las historias desgarradoras siempre ganan. Aunque nadie puede poner en duda que la felicidad es ciertamente más noticia que su opuesta.

Ayer sentí un miedo prematuro al “the end” de este año en EEUU. Incluso mi cabeza empezó a fabular con trabajos o becas que pudieran prolongar mi estancia al otro lado del charco (mamá, no te asustes). Y no, no es que me haya encontrado con Josh Lyman en los pasillos del Capitolio y me haya pedido matrimonio. Las razones que explican que me sienta tan bien aquí son más sencillas. Mucho más.

Un mes después de aterrizar, sé que gran parte de mi botín se lo debo a craigslist -la página web para buscar pisos en EEUU-, y a la corazonada que me hizo descartar la visita a una casa en Mount Pleasant para poder llegar a tiempo a la cita con una tal Tiffany en Kalorama. La misma Tiff que días después, ya instalada,  me recordó la clave de los comienzos: aprender a decir que sí.

Hace unos días, en mi house-warming (fiesta de bienvenida), alguien le preguntó a mi amigo Wassim dónde nos habíamos conocido (es comprensible que cueste encontrar el nexo entre un ingeniero libanés y una periodista española) y él bromeó: “en la calle”.  Algo que, aunque no es estrictamente cierto, refleja bastante bien las curiosas maneras y circunstancias, a veces un tanto rocambolescas, gracias a las que he ido conociendo (y espero, conoceré) a mis amigos aquí. Eventos que, seguramente, hubiera descartado por frío, por pereza, o por cansancio de no estar a este lado del charco, y de no haber pasado ya por otros comienzos en los que constaté la eficacia y necesidad de ese “aprender a decir que sí”.

House-warming: Hummus, spinach pasties, greek salad, sangría, cookies, gâteau au chocolat, fondue, tragos.

En España sigue estando muy mal considerado hacer cosas sólo, y perdura esa especie de obsesión crónica por ir acompañado a todas partes, incluso al baño. Mi amiga Paula dibuja esta percepción mucho mejor que yo, con unas hermosas ovejas idénticas que se amontonan en rebaños, cuanto más grandes mejor.

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio, aunque yo creo que lo que ocurre es que, simplemente, te quita manías. En mi segundo jueves en el DC, la asociación de idiomas de la George Washington University celebraba una fiesta de inicio de semestre. Me había enterado por una amiga de San Diego (California) a la que, por cierto, sólo me unía entonces una primera cena etíope, y cuyos trenes, desde ese día y para siempre, llegan al menos media hora tarde.

Cuando estaba en la puerta de la HH (Happy Hour) me llegó el primero de una ya legendaria serie de mensajes de diez palabras: “Train delays, I’ll be 20-30 min late I’m afraid”. Supongo que una persona más cuerda que yo se habría dado media vuelta, o habría esperado a que llegara su amiga. Pero yo, aparte de haber perdido la vergüenza con los años, soy incapaz de soportar los 2 grados celsius quieta como una estatua presidencial en las ventosas avenidas de Washington.

Así que entré, escudriñé la escena en busca de otras almas solitarias, y constaté de nuevo y felizmente una verdad universal: los americanos son los nativos más accesibles sobre la tierra (Lonely Planet, dixit). Sin embargo, tras cuatro conversaciones de “Qué haces” y “Cuántas lenguas hablas”, me paseé en búsqueda de, qué se yo, gente con cara de futuros amigos.

Y entonces reparé en Wassim y en la media docena de cabelleras morenas que le rodeaban. Su conversación parecía muy animada, y desde luego se reían más que todo el resto de la fiesta juntos. Además, hablaban en inglés. Espejismo: Líbano, China, Japón, pero también Colombia, Ecuador, México. “Pero Cris, que querés, si te viniste a hablar a los únicos no blanquitos de toda la fiesta”.

Lo de “no blanquitos” es lo que les gusta decir para desmarcarse de los “gringos”. Pero lo cierto es que yo soy la más morena de todos. Y ellos, que en Sudamérica estudiaron en colegios bilingües e hicieron la carrera en EEUU, tienen un inglés sin rastro de acento alienígena. Así que, mal que les pese, menos cuando bailan y sonríen, pueden pasar perfectamente por “puros” estadounidenses.

Esa tarde ni siquiera me dio tiempo a acabar la Corona a la que me habían invitado, así que tras un fugaz intercambio de teléfonos me fui corriendo calle abajo al Zorba al que me había sugerido ir una amiga con la que trabajo (también he conocido a gente en circunstancias convencionales). “Es un foro de discusión en español, y se puede cenar, ¿te vienes?”, me había dicho cinco minutos antes de dejar la oficina; y yo, puntual cumplidora del consejo de Tiffany, le confirmé que “¡sí, por supuesto!”.

Mi regalo de House-warming a mis amigos y a los amigos de mis amigos: un dulce dolor de cabeza, eso sí: homemade(casero)

No lo había pensado hasta ahora, pero a la mayoría de mis amigos los conocí esa gélida tarde de enero. Fue entonces cuando a un “ella también es catalana, de adopción” le siguieron memorables vueltas a casa a pie de Dupont a Adams Morgan arreglando el mundo: de momento ya hemos solucionado la transición egipcia, el conflicto del Sáhara y la lacra del narcotráfico. En “la cuestión catalana” nos cuesta más encontrar la luz y, sobre todo, el acuerdo, así que después de discusiones infinitas en los escalones de mi puerta o en el Napoleón, yo sigo en mis trece de demostrar que “en el resto de España hay gente que no sale corriendo cuando oye la palabra Catalunya” y mi amigo insiste en que se trata de dos sociedades en conflicto e irreconciliables.

La proporción de texto que he consagrado a hablar de las personas que dan forma a mi experiencia estadounidense ofrece una idea de cuál es el colchón sobre el que salto y puedo dar volteretas. Pero no sería justo olvidar, en el recuento de lo que me ha anclado a este lado del charco, a la propia ciudad, a mi trabajo aquí, a esta casa.

La lista de patrimonio material es difícil de transformar en palabras. La luz de los sábados a mediodía en el salón; los tés perfumados de Agnes; la decena de banderas que anuncian que llego a tiempo a Efe; los domingos sentada en el suelo de la librería de ocasión de la 18st; los pancakes que nunca pruebo en la “¿comida?” de las cinco de la mañana; la aprobación de mi editor a un tema que he propuesto; la dulzura y oportunidad con la que Lucía pronuncia ese esperado: “Cris, ¿comemos ahora?”.

Y sigue. Las reuniones espontáneas de cada tarde en la cocina, mientras Tiff convierte el brócoli en algo comestible, Agnes da cuenta de su inseparable queso francés importado y su Leffe, y yo cocino alguna de las legumbres a las que me he vuelto adicta; las conversaciones con Ana para planear nuestro descubrimiento de América; las tardes de lectura en la lavandería; las historias de mi vecino Víctor sobre la guerra de El Salvador; la Casa Blanca camuflada entre la nieve; los emails que anuncian planes; los miércoles de correr por el barrio; el cine de E St.

Vosotros al otro lado del Skype, del correo, o de este blog.

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